No te acerques a mí

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La lluvia no era lo único que golpeaba con furia aquella noche; los gritos de mi madre todavía resonaban en las paredes de mi memoria, aunque ella llevara tres años bajo tierra. Me quedé inmóvil en el umbral de la puerta, con la ropa empapada pegada al cuerpo y las manos temblando de una forma que ya no podía controlar.

—No te acerques a mí —susurró Mateo, retrocediendo hacia el rincón más oscuro de la sala.

Sus ojos, que siempre habían sido mi refugio, ahora rebosaban un terror que me cortaba la respiración. Estaba herido. Una mancha roja se extendía rápidamente por su camisa blanca, pero no era el dolor físico lo que lo hacía temblar. Era yo.

Todo había comenzado tres meses atrás, cuando encontramos aquel diario escondido en el sótano de la casa de mis padres. Un cuaderno de cuero negro, sin nombre, que contenía una verdad que debería haberse quedado enterrada para siempre. Mi familia siempre fue extraña, silenciosa, llena de rituales que yo aceptaba como normales hasta que conocí a Mateo. Él me enseñó lo que era la luz, y yo, sin saberlo, lo arrastré a mi oscuridad.

—Solo quiero ayudarte, Mateo. Déjame ver esa herida —dije, dando un paso hacia adelante.

Él levantó una mano, suplicante, con la palma manchada de sangre.

—¡He dicho que te alejes! Lo vi, Elena. Lo vi en tus ojos hace un momento. No eras tú. Esa mirada… es la misma que tenía tu madre antes de que tu padre “desapareciera”.

Un trueno sacudió los cimientos de la casa. El aire se volvió pesado, con un olor a ozono y a algo metálico, como si la estructura misma del edificio estuviera sangrando. Mi mente empezó a jugarme pasadas. Por un segundo, el rostro de Mateo se desdibujó y vi a otra persona. Vi a un extraño. Vi a una presa.

Sacudí la cabeza con violencia, intentando alejar los pensamientos intrusivos. Desde que cumplí los veinticinco años, una sed extraña se había apoderado de mí. No era hambre, no era sed de agua; era una inquietud en los huesos, una necesidad de ver el miedo en los demás para sentirme viva. Había luchado contra ello, me había medicado, había rezado a dioses en los que no creía. Pero la maldición de mi linaje era más fuerte que mi voluntad.

—Mateo, escúchame bien —mi voz sonó más profunda, casi ajena—. Hay algo en esta casa. No soy yo, es lo que ellos dejaron atrás. Si me dejas salir, si me dejas buscar el botiquín…

—No hay ningún botiquín, Elena —dijo él con una risa amarga que terminó en una tos ahogada—. Lo tiraste todo por la ventana esta tarde. Dijiste que las heridas debían arder para que el alma despertara. ¿Acaso no lo recuerdas?

El vacío en mi memoria se expandió como una mancha de aceite. No recordaba nada de las últimas cuatro horas. Lo último que tenía en mente era que estábamos cenando, hablando sobre mudarnos lejos de este pueblo maldito. Ahora, mi esposo se desangraba frente a mí y yo tenía las uñas rotas y restos de tierra bajo la piel.

De repente, la luz se fue por completo. La oscuridad era tan densa que podía sentirla contra mi piel.

—¿Mateo? —llamé, con el pánico empezando a superar a la “otra” voz en mi cabeza.

No hubo respuesta. Solo el sonido de la lluvia y un goteo rítmico. Ploc. Ploc. Ploc.

Encendí la linterna de mi teléfono con manos torpes. El haz de luz barrió la habitación. La silla donde estaba Mateo estaba vacía. Un rastro de sangre se arrastraba por el pasillo, perdiéndose hacia la cocina.

Seguí el rastro, con el corazón en la garganta. Cada sombra parecía cobrar vida, estirándose hacia mí como dedos largos y negros. Al llegar a la cocina, encontré la puerta del sótano abierta de par en par. Un frío glacial subía desde las profundidades.

—Mateo, por favor, detén este juego —supliqué, aunque sabía que el juego lo había empezado yo.

Bajé los escalones uno a uno. El sótano olía a humedad y a secreto podrido. Al llegar al fondo, la luz de mi teléfono iluminó una escena que me hizo caer de rodillas.

Mateo no estaba solo. En el centro de la habitación, rodeada de velas que no estaban allí antes, estaba mi madre. O lo que quedaba de ella. Estaba pálida, con la piel translúcida y los ojos cosidos con hilo de seda negra. Sostenía a Mateo por el cuello, pero él no luchaba. Parecía estar en un trance profundo.

—Te lo advertí, hija —dijo la aparición, sin mover los labios—. El amor es solo el cebo para que la sangre continúe su camino. Ahora, termina lo que empezaste en la cena.

Me miré las manos. En la derecha, sostenía un cuchillo de plata que no recordaba haber tomado. La hoja brillaba con una luz propia, hambrienta.

—No voy a hacerlo —grité, aunque mis pies empezaron a avanzar por voluntad propia.

—Si no lo haces tú, lo haré yo —susurró la voz de mi madre en mi oído, aunque ella estaba a metros de distancia—. Y yo no seré tan rápida.

Mateo abrió los ojos de repente. La neblina en su mirada se disipó y me vio allí, con el arma en alto. No gritó. No intentó huir. Simplemente cerró los ojos y dejó caer una lágrima.

—Hazlo, Elena —susurró él—. Hazlo antes de que ella te obligue a hacer algo peor. Prefiero morir por tu mano que vivir sabiendo que te convertiste en ella.

Mi brazo se tensó. El cuchillo temblaba sobre su pecho. Sentía la presencia de mi madre empujando mis hombros, guiando mi mano hacia el corazón del único hombre que me había amado de verdad. La lucha interna era insoportable; sentía como si me estuvieran desgarrando en dos.

En un último arranque de conciencia, giré la hoja hacia mi propio pecho.

—¡No! —rugió la entidad que habitaba en mi madre.

El cuchillo se hundió, pero no sentí dolor. Sentí una liberación. Sin embargo, cuando abrí los ojos esperando encontrar la muerte, me encontré de nuevo en la sala, bajo la luz cálida de las lámparas. Mateo estaba frente a mí, sano, sosteniendo una copa de vino. La cena seguía sobre la mesa.

—¿Elena? ¿Estás bien? Te has quedado congelada de repente —dijo él, preocupado.

Miré mis manos. Estaban limpias. Miré a mi alrededor. No había sangre, ni sótano abierto, ni madre de ojos cosidos. Suspiré, sintiendo que mi alma regresaba a mi cuerpo. Había sido una alucinación, un brote psicótico causado por el estrés.

—Sí… sí, solo un mareo —respondí, intentando sonreír.

Me acerqué a él para abrazarlo, para sentir su calor y convencerme de que todo era real. Pero cuando puse mis manos sobre su espalda, sentí algo extraño. Algo áspero.

Discretamente, levanté un poco su camisa mientras él me rodeaba con sus brazos. Allí, en su piel, estaban escritas con cicatrices frescas unas palabras que me helaron la sangre:

“No te acerques a mí. La próxima vez, no te dejaré despertar”.

Mateo me apretó más fuerte contra él, y en el reflejo de la ventana, vi que su sonrisa ya no era la de siempre. Sus dientes parecían más afilados, y sus ojos… sus ojos eran grises como el granito, exactamente iguales a los de mi madre.

—¿Pasa algo, cariño? —preguntó él, con una voz que vibró en mi pecho como un trueno.

Me quedé allí, atrapada en los brazos del hombre que amaba, dándome cuenta de que el monstruo no siempre está dentro de uno mismo. A veces, el monstruo es quien te ayuda a creer que estás loca para poder devorarte más despacio.

Y lo peor de todo es que ya no tenía fuerzas para escapar.

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