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El silencio en la casa de los Montejo no era un silencio normal; era una presión física que te tapaba los oídos y te aceleraba el pulso. Cuando crucé el umbral de la mansión por primera vez, de la mano de Julián, sentí que el aire estaba cargado de algo rancio, algo antiguo.
—Recuerda las reglas, Elena —susurró Julián, apretándome los dedos con una fuerza que casi me hizo daño—. No es por molestarte, es por nuestra seguridad.
Yo sonreí, pensando que era una exageración de una familia aristocrática y excéntrica. Qué equivocada estaba.
La cena comenzó a las ocho en punto, ni un segundo antes, ni uno después. En la cabecera de la mesa, doña Úrsula me observaba con ojos que parecían dos canicas de vidrio frío. Su esposo, don Arturo, mantenía la vista fija en su plato vacío.
—Regla número uno, Elena —dijo Úrsula, su voz era un crujido seco—. En esta casa, nadie habla durante la comida. El sonido de las palabras ensucia el sabor de los alimentos.
Tragué saliva. El único ruido en el gran salón era el choque metálico de los cubiertos contra la porcelana. Miré a Julián buscando apoyo, pero él ni siquiera me miró. Estaba pálido, concentrado en cortar su carne con una precisión quirúrgica.
De pronto, un estruendo rompió la paz. Un plato se había deslizado de las manos de una joven sirvienta, rompiéndose en mil pedazos. El rostro de la chica se volvió blanco como el papel. Lo que vi después me heló la sangre: don Arturo se levantó, pero no para ayudar, sino para sacar un cronómetro de su bolsillo.
—Regla número dos —dijo Arturo con una calma aterradora—. Los errores se pagan con tiempo. Tienes treinta segundos para desaparecer antes de que el sótano se abra.
La sirvienta no pidió perdón. No recogió los vidrios. Simplemente corrió hacia la salida de servicio con un terror que solo siente alguien que sabe que su vida depende de sus piernas. Nadie más se movió. La cena continuó como si nada hubiera pasado.
Esa noche, Julián me llevó a nuestra habitación. Antes de cerrar la puerta, señaló un pequeño círculo rojo pintado en el suelo, justo al lado de la cama.
—Regla número tres, y la más importante: bajo ninguna circunstancia, Elena, pongas un pie fuera de este círculo entre la una y las tres de la mañana. Pase lo que pase. Oigas lo que oigas.
—¿Por qué? ¿Qué hay en esta casa, Julián? —le pregunté, sintiendo que las lágrimas empezaban a brotar.
—No es lo que hay, Elena. Es lo que falta —respondió él antes de apagar la luz y darme la espalda.
Me quedé despierta, mirando el reloj de pared. El tic-tac sonaba como un martillazo. Las 12:45. Las 12:55.
A la una en punto, el ambiente cambió. Un olor a humedad y flores podridas inundó la habitación. Y entonces, empezaron los ruidos. Eran pasos pesados en el pasillo, pero no pasos humanos. Sonaba como si algo arrastrara una cadena de hierro combinada con el sonido de uñas largas raspando la madera de la puerta.
—Julián —susurré, temblando.
Él no respondió. Estaba en un trance profundo, o quizá fingía estarlo.
De repente, la manija de nuestra puerta empezó a girar. Despacio. Muy despacio. La puerta se abrió unos centímetros. No vi a nadie, pero escuché una voz. Era la voz de mi propia madre, fallecida hacía cinco años.
—Elena, ayúdame… hace mucho frío aquí abajo. Sal un momento, hija. Solo un momento.
Mi corazón dio un vuelco. Sabía que no podía ser ella, pero el sonido era idéntico. Estaba a punto de saltar de la cama, de correr hacia la puerta, cuando recordé el círculo rojo. Miré al suelo. La oscuridad parecía querer tragarse la pintura.
La voz se volvió más agresiva.
—¡Sal de ahí, maldita sea! ¡Mírame! ¡Mírame lo que me han hecho!
Unas manos largas, grises y translúcidas empezaron a colarse por la rendija de la puerta. Los dedos tenían articulaciones de más, doblándose en ángulos imposibles. Las manos tantearon el suelo, acercándose peligrosamente al borde del círculo rojo donde yo estaba encogida.
Me tapé la boca para no gritar. El ser, lo que fuera, no podía entrar al círculo, pero podía rodearlo. Escuché cómo rodeaba la cama, su respiración sibilante justo detrás de mi nuca. El frío que emanaba era tal que sentí que mis pulmones se congelaban.
—¿Por qué no sales, Elena? —susurró la cosa, ahora con la voz de Julián—. ¿Acaso no confías en tu esposo?
Miré al Julián que estaba a mi lado. Seguía inmóvil. ¿Era el real? ¿O el que estaba detrás de mí era el verdadero? La duda me estaba carcomiendo.
A las tres de la mañana, un silencio sepulcral volvió a reinar. La puerta se cerró sola. El olor desapareció. Julián se incorporó de golpe, empapado en sudor.
—Sobreviviste a la primera noche —dijo, con una tristeza infinita en los ojos.
—¿Qué fue eso? ¿Quién era esa cosa? —grité, fuera de mí.
—Es la deuda, Elena. Mi familia hizo un trato hace siglos para mantener su fortuna y su linaje. Pero el trato exige que cada nuevo miembro entregue algo. Mis padres entregaron su humanidad. Yo entregué mi libertad. Y tú…

—¿Yo qué? —pregunté, retrocediendo.
Julián bajó la mirada hacia mi vientre.
—Tú vas a entregar la semilla. Por eso las reglas son tan estrictas. Si rompes una, ellos tienen derecho a llevárselo antes de que nazca. Si cumples todas, el niño nacerá… pero no será como nosotros.
En ese momento, comprendí el horror. No estaba en una familia de locos, estaba en un criadero. Miré hacia la ventana y vi a doña Úrsula en el jardín, bajo la luz de la luna, cavando un hoyo pequeño, del tamaño de una caja de zapatos. Se detuvo, miró hacia mi ventana y sonrió, mostrando una hilera de dientes afilados que no tenía durante la cena.
Me di cuenta de que la regla número cuatro nunca me la dijeron, pero la estaba viendo escrita en las sombras de la pared: “Nadie sale vivo de los Montejo, a menos que deje a alguien en su lugar”.
Sentí una punzada aguda en mi vientre, un movimiento que no era natural. No era un bebé pateando. Era algo que intentaba rasgar desde adentro.
Julián se acercó a mí y me puso una mano en el hombro.
—No llores, Elena. Ahora viene la parte más difícil. El sol está por salir, y la regla número cinco dice que al amanecer… debemos elegir a quién sacrificar para que el sol vuelva a brillar.
La puerta de la habitación se abrió de par en par. Don Arturo y Doña Úrsula estaban allí, sosteniendo una daga de obsidiana y un cáliz de oro.
—Es hora, hija mía —dijo Úrsula con una dulzura venenosa—. Elige: ¿Tu vida, la de Julián, o la de esa cosa que crece en tu interior y que ya tiene hambre?
Miré a Julián. Él me entregó un cuchillo pequeño que tenía escondido bajo la almohada. Sus labios formaron una palabra sin emitir sonido: “Corre”.
Pero, ¿hacia dónde? La mansión no tenía salidas, solo reglas. Y yo estaba a punto de romper la más importante de todas.