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El aire acondicionado de la oficina de la planta 40 zumbaba con un tono metálico que me erizaba la piel. Frente a mí, sentado tras un escritorio de caoba que parecía un altar, estaba don Adrián Valdés. El hombre que, en menos de veinte minutos, iba a cambiar mi vida para siempre con una firma.
Yo apretaba la carpeta de cuero contra mi pecho. Mis manos sudaban. El contrato de exclusividad para la nueva campaña arquitectónica estaba allí, sobre la mesa, esperando por nosotros. Era el sueño de cualquier joven profesional, el ascenso que me sacaría de las deudas y me daría el respeto que tanto me había costado ganar.
—Siéntate, Valeria —dijo él sin levantar la vista de unos papeles. Su voz sonaba distinta, más profunda, casi vibrante.
Cuando finalmente me miró, sentí un escalofrío. Don Adrián siempre había sido un hombre impecable, de modales rígidos y mirada gélida. Pero hoy, sus ojos estaban inyectados en sangre y una gota de sudor le recorría la sien, a pesar de que la oficina estaba a dieciocho grados.
—¿Se siente bien, señor? —pregunté, acercando mi silla con cautela.
Él no respondió. En lugar de eso, tomó la pluma estilográfica, pero no para firmar. Empezó a trazar círculos violentos sobre una hoja en blanco, perforando el papel. Luego, se detuvo en seco y me miró fijamente.
—¿Alguna vez has sentido que las paredes te hablan, Valeria? —preguntó con una sonrisa torcida que nunca le había visto.
Tragué saliva. La situación estaba pasando de lo profesional a lo perturbador en cuestión de segundos. Don Adrián se puso de pie, pero sus movimientos eran erráticos, como si sus extremidades no le pertenecieran del todo. Caminó hacia la puerta y, con un movimiento rápido, giró la llave. El sonido del cerrojo encajando resonó en mis oídos como un disparo.
—Señor Valdés, si prefiere que revisemos el contrato mañana… —comencé a decir, poniéndome de pie y buscando mi bolso con la mirada.
—Mañana no existirá para nosotros si no firmas esto ahora —me interrumpió, volviendo al escritorio. Pero cuando giró el contrato hacia mí, mi corazón dio un vuelco.
No era el contrato que habíamos redactado. En lugar de las cláusulas de honorarios y responsabilidades, las páginas estaban llenas de una caligrafía frenética, repetitiva, que decía una sola frase una y otra vez: “Él está mirando a través de tus ojos”.
—Firma, Valeria. Es por tu seguridad —susurró él, acercándose tanto que podía oler un aroma extraño, como a metal oxidado y flores marchitas.
De repente, el teléfono de la oficina empezó a sonar. Don Adrián se tensó. Sus ojos se abrieron tanto que parecían querer salirse de sus órbitas. No contestó. Se quedó inmóvil, mirando el aparato como si fuera una criatura peligrosa.
Aproveché ese segundo de distracción para mirar mi propio celular, que vibraba en mi bolsillo. Tenía un mensaje de texto de un número desconocido enviado hace apenas un minuto.
“Valeria, no entres a la oficina de Adrián. No es él. El verdadero Adrián está conmigo en el hospital. Quien sea que esté frente a ti, no dejes que te toque”.
El pánico se apoderó de mi cuerpo. Miré al hombre frente a mí. Se rascaba el cuello con tanta fuerza que empezaba a dejarse marcas rojas. Entonces, ocurrió lo más aterrador: su voz cambió por completo. Ya no era la de mi jefe. Era una voz infantil, aguda y burlona.
—¿Vas a firmar o vas a obligarme a que te lo pida de otra manera?

Él puso su mano sobre la mía. Su piel no estaba caliente, estaba hirviendo. Intenté tirar de mi brazo, pero su agarre era como una mordaza de acero. Con la otra mano, él sacó un pequeño frasco de su bolsillo y lo puso sobre el contrato falso.
—Bébelo —ordenó—. Si lo haces, la firma será válida. Si no… bueno, el seguro de este edificio cubre caídas desde el piso 40, ¿no es así?
En ese momento, alguien empezó a golpear la puerta desde afuera. Gritos ahogados, pasos rápidos. El hombre que decía ser mi jefe soltó una carcajada que se transformó en un sollozo seco. Se acercó a mi oído y me susurró algo que me dejó paralizada:
—Tu padre me envió. Él dice que ya es hora de que regreses a casa, a la oscuridad de la que nunca debiste salir.
Mi padre había muerto hacía diez años en un accidente que nunca se esclareció.
La puerta de la oficina empezó a ceder ante los golpes. El hombre se alejó de mí, caminó hacia el ventanal que daba al vacío de la ciudad y se giró por última vez. Su rostro empezó a cambiar, a desdibujarse como si fuera de cera derretida.
—Nos vemos en tus sueños, Valeria —dijo antes de lanzarse contra el cristal.
El estallido del vidrio fue ensordecedor. Pero cuando los guardias de seguridad irrumpieron en la habitación y corrieron hacia el ventanal roto, se detuvieron en seco. Yo me acerqué, temblando, esperando ver el cuerpo destrozado allá abajo.
No había nada. El asfalto estaba limpio. No había rastro del hombre, ni de la caída, ni de la sangre.
Solo quedaba, sobre el escritorio, el contrato original de mi ascenso, perfectamente firmado por el verdadero don Adrián Valdés, con una nota al margen escrita con una caligrafía que reconocería en cualquier parte. Era la letra de mi padre:
“Cuidado con lo que firmas. Algunos contratos se pagan con el alma”.