📘 Full Movie At The Bottom 👇👇
El teléfono cayó al suelo antes de que Mariana pudiera siquiera reaccionar.
—¿Qué dijo?
—¿Dónde está mi hijo?
Su voz salió rota.
Desesperada.
Al otro lado de la llamada, apenas podía escucharse el ruido de sirenas y personas hablando rápido.
—Hubo un accidente cerca de la autopista…
creemos que el niño iba en el autobús escolar.
El mundo dejó de sonar.
Literalmente.
Mariana sintió cómo el aire desaparecía de sus pulmones mientras las manos comenzaban a temblarle de forma incontrolable.
No podía pensar.
No podía respirar bien.
Solo veía una imagen repetirse una y otra vez en su cabeza:
Tomás sonriendo esa mañana antes de salir de casa.
—Mamá, hoy me toca exposición, ¿me desearás suerte?
Ella ni siquiera recordaba qué le respondió.
Y ahora…
Ahora no sabía si volvería a escucharlo hablar.
Mariana salió corriendo de la oficina sin bolso, sin chaqueta, sin importar quién la llamaba detrás.
El trayecto hacia el hospital fue una tortura interminable.
Cada semáforo parecía eterno.
Cada segundo era una pesadilla.
Su mente comenzó a llenarse de pensamientos horribles que no podía detener.
“¿Y si está herido?”
“¿Y si preguntó por mí?”
“¿Y si tenía miedo?”
“¿Y si llego demasiado tarde?”
La ansiedad la estaba destruyendo viva.
Sus manos estaban heladas.
Le costaba respirar.
El pecho le dolía tanto que sentía que iba a desmayarse antes de llegar.

Y lo peor…
Era no saber nada.
La incertidumbre era más cruel que cualquier verdad.
Cuando finalmente llegó al hospital, corrió por los pasillos buscando respuestas desesperadamente.
—¡Mi hijo!
—¡¿Dónde está Tomás Herrera?!
Una enfermera intentó calmarla.
—Señora, por favor—
—¡Solo dígame si está vivo!
El silencio de la mujer casi la destruyó.
Porque en momentos así, incluso un segundo sin respuesta parece una condena.
Mariana comenzó a llorar sin control.
No elegantemente.
No en silencio.
Lloraba como alguien al borde de romperse completamente.
Porque cuando un ser querido está en peligro…
La mente deja de obedecer.
La ansiedad convierte cada pensamiento en terror.
Cada recuerdo en culpa.
Cada segundo en sufrimiento.
Entonces una pequeña voz apareció detrás de ella.
—¿Mamá?
Mariana se congeló.
Giró lentamente.
Y allí estaba Tomás.
Con algunos raspones.
Asustado.
Pero vivo.
Completamente vivo.
Mariana cayó de rodillas abrazándolo con tanta fuerza que el niño apenas podía respirar.
Y siguió llorando.
Porque el cuerpo tarda mucho más en soltar el miedo…
que en recibirlo.
Tomás acarició suavemente el cabello de su madre.
—Estoy bien, mamá…
Pero ella seguía temblando.
Porque nadie habla suficiente sobre ese tipo de ansiedad.
La ansiedad salvaje y devastadora que nace cuando el corazón siente que podría perder a alguien que ama más que a sí mismo.